octubre 2019

lunes, 14 de octubre de 2019

Reconfórtame el corazón



Llegó el último trimestre del año, las nubes grises y blancas cubren gran parte de la ciudad. A lo lejos los foquitos amarillos se visualizan entre la gran niebla indicando que la cafetería aún está está abierta y puedo pasar.
Al entrar el cálido ambiente me envuelve y el olor a café recién molido me llena e inunda los sentidos, respiro profundo y cierro los ojos para apreciar el olor tan intenso; de inmediato el joven detrás del mostrador me da la bienvenida -¡Hola! ¿Deseas ordenar?- Doy un vistazo a los panecillos y pasteles que se encontraban en aquel fino mostrador de vidrio, todo se veía delicioso, aunque en aquel momento sólo buscaba un pastel de zanahoria -¡Si!- exclamé con voz firme. -Quiero un pastel de zanahoria y un café americano mediano- me dispongo a pagar y visualizo una mesa con vista a la calle, camino a la mesa, dejó mi abrigo, mi gorra y mis guantes y tomo asiento. Enseguida una muchacha con una sonrisa resplandeciente, de mediada complexión y el cabello negro recogido por una larga trenza me lleva mi orden. -¡Buen provecho!- exclamó la bella mujer mientras me regalaba una cálida sonrisa -Gracias- respondí. Tomé el primer sorbo de café, estaba delicioso, veo por la ventana y veo a muchas familias caminando por la calle, padres felices llevándolos de la mano por aquella fría ciudad, niños que veían detrás de las vitrinas juguetes sorprendentes que pedirían a Santa Claus. Me emociona pensar que la Navidad está cerca y es un buen motivo para celebrar y unir a la familia.
Todo estaba tranquilo por aquel lugar cuando de la nada la tranquilidad se interrumpe por el grito ensordecedor de una mujer -¡Callate te digo! Para lo único que servís es para joderme la vida- la mujer gritó tan fuerte que en la cafetería todos quedamos en silencio, al instante y sin recuperarnos de la intensidad de aquel grito desgarrador los platos cayeron de aquella mesa produciendo un ruido fastidioso. La mujer entre lágrimas sale corriendo de aquel lugar, mientras el hombre avergonzado paga la cuenta y sale en búsqueda de aquella dama que lo hizo pasar un momento terrible.
Luego de aquel momento todos nos miramos y sonreímos entre nosotros como un acto de bondad y olvido ante aquel bochornoso momento, entre tantas miradas y risas, me concentré sólo en una. Un hombre que no superaba los 30 años, su cabello negro, dos ojos intenso, un abrigo gris, una gorra tipo vicera a la par, estaba justo en la mesa de enfrente. Al percatame de su mirada y su sonrisa cautivadora, me sonrojé, no pude hacer más que esquivar la mirada y perderme en aquel vidrio empañado que a penas, me permitía ver ahora la calle. Tomé un sorbo de café y con pena y disimulo volví mi vista hacia él, era increíble, pero me seguía viendo. Traté de sonreír amablemente mientras sus ojos se clavaban en los míos, abrió los labios y dijo -Hola-. Esa pequeña palabra me provocó un frío intenso en el cuerpo e inmediatamente sentí como algo caliente recorría todo mi cuerpo -Hola- respondí por impulso, de inmediato aquel hombre se levantó de aquella silla y caminó hacia mi mesa -¿Puedo sentarme acá contigo?-sin saber que responder ante la intimidante acción de aquel hombre, sólo moví la cabeza indicando que sí podía.
-Te vi desde que entraste, el pastel de zanahoria me pareció una excelente elección, aunque prefiero el pastel de chocolate- sonreí tímida y bajé la mirada. -¿Eres de acá?- preguntó mientras miraba sus labios, su voz era encantadora y yo en ese instante no parecía entender lo que pasaba, era como si de pronto, la sordera me hubiera invadido y estuviera viajando a otro mundo. -¿Eres de acá?- volvió a preguntarme con aquella voz tan dulce, pero imponente a la vez  que me hizo reaccionar de inmediato ante aquel cuestionamiento que me planteaba. -¡Si!-le dije, por primera vez en mucho tiempo las piernas me temblaban y aquellos nervios volvían a invadirme, ocasionando que reaccionará estúpidamente a lo que preguntaba.
-Soy Gabriel, perdona el atrevimiento, si deseas me marcho y te dejo tranquila- está última frase me puso alerta -No, no hay pena, es sólo que con lo que acaba de ocurrir quedé impactada, lo siento. Soy Mónica es un gusto- no dude en extender mi mano para saludarlo. De pronto y rápidamente sacó su mano del abrigo y tomó la mía, mientras me sonreía y sus ojos se clavaban en los míos. De pronto y después de mucho tiempo sentí una calidez en el corazón.
¡Hablamos de todo! De nuestros gustos, nuestras aficiones, aciertos y desaciertos, nuestras relaciones fallidas y nuestro profundo interés por las cosas de la vida. 
-¡Me encanta el arte!- exclamó, mientras veía como sus ojos se iluminaban, el barroco es mi movimiento artístico predilecto, mi artista favorito de ese tiempo es...-¡Caravaggio!- exclamé al instante y con una voz llena de euforia y alegría. Su sonrisa se engrandeció y aquellos ojos negros parecían tener un brillo especial -¡SI!- me respondió con una carcajada loca como si hubiese hecho la peor de las travesuras. -Yo también amo el barroco, es uno de los movimientos artísticos con tanta riqueza cultural, la iluminación 3D, el juego de luces y sombras ¡Es fantástico!- al decir los dos nos reímos y nos vimos fijamente, sin darnos cuenta la cafetería estaba vacía y nosotros éramos los únicos dos locos riendo a carcajadas dentro de ella. -Se nos ha ido el tiempo- dijo Gabriel. -Creo que ya han cerrado la cafetería- le respondí. Tomé mi abrigo y dispuse a ponermelo, Gabriel en ese instante se levantó de la silla y lo sujetó mientras metía mis brazos en aquellas ajustadas mangas -Gracias por el detalle- le dije. -¡No es nada!- respondió -Sólo quería ayudarte con el abrigo-.
-En realidad Gabriel, no me refería a eso, sino a la encantadora plática de hoy, te lo agradezco mucho. Gabriel sujetó mis manos y con su dulce y firme voz y sus ojos viéndome fijamente me dijo -Gracias a ti, Mónica por reconfortarme el corazón-. No es exageración, pero aquellas palabras llegaron al fondo de mi corazón y se instalaron ahí. 
Después de aquel día nada prometedor con aquella niebla, que al decir verdad no era para nada mi favorita, su ¡Hola! Fue como aquella luz de los foquitos que me mostraron el camino a la cafetería, sólo que está vez, me iluminaron el camino a su corazón.