2020

martes, 10 de noviembre de 2020

El día en que te soñé...


 

Fotografía Douglas Barillas
                                                        Fotografía Douglas Barillas


La vida te cambia...

El mayor aprendizaje de este año es vivir el momento, pero vivirlo bien, entregando y dando todo sin escatimar esfuerzos.

Todo comienza en junio 30, el segundo hisopado durante el tiempo de pandemia, este me confirmaría un espantoso positivo para Covid-19.

El miedo se apoderó de mí, me paralizó y casi sin pensar entré a mi casa a encerrarme a mi habitación, podía escuchar a lo lejos el llanto de mi familia preocupados por la situación y yo, por dentro, llorando. Sin duda nadie está preparado para este tipo de noticias y menos para confinarte 15 días en tu habitación, para vivir aislado del mundo tan activo y comunicarte únicamente por el celular (aunque es la tendencia de hoy en día). Extrañaba todo, los abrazos de mi mamá, la convivencia con mi familia y mi trabajo, es increíble como la vida te cambia en un momento y te demuestra lo verdaderamente importante, la salud y la fe.

Los días pasaron y aunque mi recuperación fue lenta, todo iba para bien, si complicaciones y mejorando, aunque anímicamente me sentía devastada.

La noche del 14 de julio...

El calor era insoportable, no tenía fiebre, pero el Covid te quema por dentro. Antes de dormir miré al lado izquierdo para pedirle a Jesús, el de los antigüeños, el de la 1ra. Calle Poniente y 6ta. Avenida Norte que me curara y que, si era posible, luego de tanto me permitiera llegar a verlo.

Caí rendida casi de inmediato, el sueño que te da es terrible y el cansancio que en ese momento sentía mi cuerpo, era agobiador; cerré los ojos y comenzó mi sueño, esta vez me sorprendió. Fue así:

Caía la tarde, el cielo se tornó grisáceo, recuerdo bien la sensación de frío en ese momento.

Estaba encerrada en mi habitación, en el sueño sabía que estaba enferma y encerrada, a lo lejos escucho marchas fúnebres y ruido de personas, al abrir la puerta veo una pequeña procesión en mi patio; mi papá estaba viéndola y cuando lo vi le dije con voz potente:

-Papa ¿Por qué no me dijiste que iba a venir Jesús?

Sin pensarlo tomé un pañuelo rojo, con el que me envolví la boca y salí corriendo, a buscarlo. Al encontrarlo, veo una Imagen de Jesús, llevaba las manos atadas al frente y una túnica beige con diseño litúrgico, en su cabeza llevaba tres potencias de oro y su mirada me direccionaba para abajo, tuve la sensación que era una Imagen que nos mostraba el pasaje de la sentencia de Jesús.

El mueble en donde lo llevaban era tan pequeño, pero no logré distinguir a las personas que cargaban.

Le dije a mi papá con voz fuerte

-Papa ¡Él no es Jesús de la Merced! ¿Dónde está?

Corrí al otro lado del patio, curiosamente, ese lado nos da una vista a la montaña.

Escuché a lo lejos unas campanas, el sonido que asocié es el mismo sonido de las campanas en una procesión Eucarística.

Cuando vi arriba, estaba Jesús, era Él, unos hombres uniformados con camisas blancas, pantalones negros y guantes blancos lo colocaron sobre el techo de mi casa, eran tres hombres al frente y otros dos atrás. Al colocarlo un estruendo se escuchó en el cielo y un rayo se vió a lo lejos, las campanitas seguían sonando.

¡Era Jesús!

La túnica de Jesús era muy larga, se veía pesada. El color se asemejaba al de las buganvilias, llevaba su corona y resplandor dorado, sus manos arriba, como agarrando la cruz, pero no tenía cruz.

Caí al suelo, me descubrí la boca y le dije:

-Sabías que no podía ir y viniste a verme.

Desperté del sueño y el sol ya pegaba en mi ventana, me levanté, vi su Imagen y le dije:

-Gracias, sé que no pude ir, Tu viniste a verme y todo estará bien.

Guardé ese sueño en mi corazón, pasé tres días si comentárselo a nadie, en mi interior, sabía que debía hacerlo, pero en ese momento quise callar.

Los días pasaron, me tomaron el segundo hisopado y salió negativo, las puertas de esperanza se abrían para mí y la tranquilidad regresaba a los corazones de mi familia.

El día del resultado, supe que eras Tu, que estuviste ahí para traerme la buena nueva y consolar a mi corazón afligido.

Al pasar el tiempo se lo conté a mis papás, los ojos se les llenaron de lágrimas y supe que Jesús también había estado con ellos en todo momento.

Jesús, te tengo una promesa, cuento los días para volver a verte, que sea cuando Tu quieras, a tu tiempo y voluntad, jamás permitas que me aparte de Ti.