diciembre 2017

viernes, 29 de diciembre de 2017

Ser Roja en un estadio diferente


Fotografía Prensa Libre, Jesús Duque

“¡Olé, olé olé, olé, olé, olé, olá! ¡Olé, olé olé, olé, olé, olé, olá! yo cada día te quiero más.
Yooooo, soy un rojo, un sentimiento que no puedo parar”

Suena emocionante escuchar eso en todos los partidos de local, pero en los clásicos siempre es diferente, el corazón te vibra como si quisiera salirse de su lugar.

Me gustaría percibir la sensación de perderme entre la marea roja que se queda sin voz por alentar a Municipal, equipo al que sigo fielmente desde los cinco años.

Al ver la televisión mi corazón se llena de orgullo, me dan ganas de llorar y la nostalgia se apodera de mí; a veces así toca ver a tu equipo, detrás de un televisor porque la distancia no permite que pueda verlo desde el graderío, me impide gritar en vivo los goles de mi amado, me arrebata, en muchas ocasiones la posibilidad de inmortalizar momentos especiales en la mente.

He tenido la oportunidad de asistir a varios partidos de visitante gracias a mi trabajo y a la cercanía de algunos estadios, pero la sensación no es la misma. Es tan difícil no poder gritar con tanta plenitud los goles, aunque la emoción como aficionada escarlata siempre se hace notar.

Los nervios al pisar el césped húmedo, sacar mi cámara y sentirme extraña por no poder hablar con nadie de las alineaciones o de lo bien o mal que se ve Municipal, o simplemente estar en un graderío y tener que callar porque nadie es afín a mi equipo, pero lo más triste es no poder usar tu camisola en esos estadios.

Siempre trato de buscar información del equipo, sigo su proceso de preparación, los jugadores que están lesionados y hablo con amigos sobre las posibles alineaciones ¿ofensivo o defensivo? ¡Qué importa! Lo trascendental es ganar, la derrota no es opción para los rojos.

Los comentarios de mis primos, tíos y amigos seguidores del equipo contrario no se hacen esperar. Me gusta debatir con ellos las fortalezas y debilidades de los dos equipos. Eso sí, trato de omitir las apuestas de cualquier tipo, porque el equipo que amas no se apuesta.

¡Por fin! El día del partido. Trato de hacer todas las cosas lo más rápido que me sea posible para tener tiempo libre y disfrutar desde la previa hasta los comentarios finales. Me gusta sacar mi camisola y ponérmela, me hace sentir de alguna manera que estoy apoyando, aunque no esté  en el estadio. ¡Eso sí! Debe de ser la camisola roja ¿Qué sentido tendría ponerse la camisola azul, negra, etcéter, en especial si es un clásico? En los clásicos se apoya con la camisola roja, hay que intimidar al rival con tan hermoso color.

Llegó la hora y mi corazón comienza a acelerarse, no se imaginan cuanto desearía vivir esos momentos desde las gradas, el equipo sale a la cancha y empieza la acción. 90 minutos en los que no puedo ni respirar, los nervios se apoderan de mí y juro que no puedo ni sentarme a ver tranquila el partido.

Tengo el complejo de director técnico, quiero dirigirlos, establecer los cambios, regañarlos si es posible (como si me estuvieran escuchando). Y el gol del equipo contrario me pone mal, grito y automáticamente mi familia me llaman a la cordura (no, no puedo dejar de gritar), me enojo hasta que llega el anhelado gol de mi equipo, es una sensación tan fascinante, siento que la vida me recompensa y todo vuelve a la normalidad.

Siempre digo que ganar un partido es fascinante, pero ganar un clásico es alucinante, no puedo encontrar una sensación que se le parezca, es como si el cielo sonriera y mi humor cambiara (a muchos aficionados nos cambia el humor cuando el equipo gana o pierde).

Se que algún día se dará la oportunidad de alentarte desde las gradas y vivir entre la marea roja un partido.

Mientras tanto solo me queda apoyar a mi glorioso Municipal como incógnita desde un graderío desconocido y lleno de aficionados de otros equipos, mientras mi corazón grita fielmente ¡Dale Rojo!