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Marielos Amézquita
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| Fotografía Prensa Libre, Jesús Duque |
“¡Olé, olé olé, olé, olé, olé, olá! ¡Olé, olé olé, olé, olé, olé, olá!
yo cada día te quiero más.
Yooooo, soy un rojo, un sentimiento que no puedo parar”
Suena emocionante escuchar eso en
todos los partidos de local, pero en los clásicos siempre es diferente, el
corazón te vibra como si quisiera salirse de su lugar.
Me gustaría
percibir la sensación de perderme entre la marea roja que se queda sin voz por
alentar a Municipal, equipo al que sigo fielmente desde los cinco años.
Al ver la televisión mi corazón
se llena de orgullo, me dan ganas de llorar y la nostalgia se apodera de mí; a
veces así toca ver a tu equipo, detrás de un televisor porque la distancia no
permite que pueda verlo desde el graderío, me impide gritar en vivo los goles
de mi amado, me arrebata, en muchas ocasiones la posibilidad de inmortalizar
momentos especiales en la mente.
He tenido la oportunidad de
asistir a varios partidos de visitante gracias a mi trabajo y a la cercanía de
algunos estadios, pero la sensación no es la misma. Es tan difícil no poder
gritar con tanta plenitud los goles, aunque la emoción como aficionada
escarlata siempre se hace notar.
Los nervios al pisar el césped húmedo,
sacar mi cámara y sentirme extraña por no poder hablar con nadie de las
alineaciones o de lo bien o mal que se ve Municipal, o simplemente estar en un
graderío y tener que callar porque nadie es afín a mi equipo, pero lo más
triste es no poder usar tu camisola en esos estadios.
Siempre trato de buscar información del equipo, sigo su proceso de
preparación, los jugadores que están lesionados y hablo con amigos
sobre las posibles alineaciones ¿ofensivo o defensivo? ¡Qué importa! Lo
trascendental es ganar, la derrota no es opción para los rojos.
Los comentarios de mis primos,
tíos y amigos seguidores del equipo contrario no se hacen esperar. Me gusta
debatir con ellos las fortalezas y debilidades de los dos equipos. Eso sí,
trato de omitir las apuestas de cualquier tipo, porque el equipo que amas no se
apuesta.
¡Por fin! El día del partido. Trato de hacer todas las cosas lo más rápido que me sea posible para tener
tiempo libre y disfrutar desde la previa hasta los comentarios finales. Me
gusta sacar mi camisola y ponérmela, me hace sentir de alguna manera que estoy
apoyando, aunque no esté en el estadio. ¡Eso
sí! Debe de ser la camisola roja ¿Qué sentido tendría ponerse la camisola azul,
negra, etcéter, en especial si es un clásico? En los clásicos se apoya con la camisola
roja, hay que intimidar al rival con tan hermoso color.
Llegó la hora y mi corazón
comienza a acelerarse, no se imaginan cuanto desearía vivir esos momentos desde
las gradas, el equipo sale a la cancha y empieza la acción. 90 minutos en los
que no puedo ni respirar, los nervios se apoderan de mí y juro que no puedo ni
sentarme a ver tranquila el partido.
Tengo el complejo de director
técnico, quiero dirigirlos, establecer los cambios, regañarlos si es posible
(como si me estuvieran escuchando). Y el gol del equipo contrario me pone mal,
grito y automáticamente mi familia me llaman a la cordura (no, no puedo dejar
de gritar), me enojo hasta que llega el anhelado gol de mi equipo, es una
sensación tan fascinante, siento que la vida me recompensa y todo vuelve a la
normalidad.
Siempre digo que ganar un partido
es fascinante, pero ganar un clásico es alucinante, no puedo encontrar una
sensación que se le parezca, es como si el cielo sonriera y mi humor cambiara
(a muchos aficionados nos cambia el humor cuando el equipo gana o pierde).
Se que
algún día se dará la oportunidad de alentarte desde las gradas y vivir entre la
marea roja un partido.
Mientras tanto solo me queda apoyar a mi glorioso Municipal como
incógnita desde un graderío desconocido y lleno de aficionados de otros
equipos, mientras mi corazón grita fielmente ¡Dale Rojo!
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